Enésima reforma educativa

Nunca la práctica educativa ha sido una tarea fácil. La toma de grandes decisiones que la condicionan se lleva a cabo siempre con trazos gruesos lejos de las escuelas, que después deben desarrollar con tino la letra pequeña. Por eso, en demasiadas ocasiones las ideas programáticas, aunque se argumenten con buenos postulados, tardan en hacerse realidad (o directamente no lo consiguen).

El sistema político ha atrapado a los inquilinos del Ministerio de Educación en Madrid y los sucesivos cambios no han logrado la necesaria transformación de la escuela. Desde la Ley Villar de 1970 solamente la Logse, con sus virtudes y defectos, provocó una lectura crítica del proceso de enseñanza-aprendizaje. El resto de leyes y contraleyes lanzadas por los sucesivos gobiernos han sobresalido más por su espíritu de contrarreforma que por la intención reflexiva, aunque esta estuviera presente en sus principios. El hecho cierto es que la comunidad educativa está agotada por las sucesivas probaturas. En consecuencia, le cuesta adherirse al debate necesario para saber si la escuela de hoy sirve para preparar el mañana.

El Ministro Wert tiene una gran capacidad para animar el debate en la educación y la cultura españolas. Sus intervenciones, tal que descargas eléctricas, sirven para remover esa relajación acomodada que nunca es buena para la misión educadora. Como sus propuestas nacen sin duda de la buena intención, desde la misma posición nos atrevemos a reflexionar en voz alta sobre su último proyecto de reforma de la educación obligatoria, máxime cuando ha invitado a la participación y al diálogo. Nadie duda de la pertinencia de debates reposados sobre lo que supone la educación como factor de cambio social. La primera formulación de las intenciones expuestas por el Señor Wert ha suscitado críticas en la mayoría de los agentes educativos. Habrá que analizar con detenimiento el anteproyecto de ley y su desarrollo para huir de polémicas que despisten la inteligencia colectiva y enmudezcan el ánimo. En su discurso pronunciado en el Congreso, el Ministro estimaba francamente preocupantes los resultados del pasado, única causa según él del desempleo juvenil y del déficit educativo que padece España. Seguramente la educación española deberá consolidar una nueva mentalidad pero hay que significar con claridad que los profesores no nos hemos instalado en el cultivo del acomodo y la mediocridad, como dice, sino que animamos continuamente a nuestros alumnos a que se esfuercen y disfruten con la satisfacción del trabajo bien hecho, a que sueñen con alcanzar el techo educativo que sus capacidades les permiten.

Sin duda tiene razón en que la educación escolar es tarea del profesorado, de los centros y del alumnado. Su apuesta por atraer a la educación a los mejores profesionales se antoja difícil si no se ponen en marcha incentivos diferentes a los de este momento. Atribuir toda la culpabilidad del fracaso escolar a los actuales profesores, junto con las reducciones económicas impuestas, no es un buen estímulo para promover la carrera docente de los que puedan llegar. Su intención de dotar de mayor autonomía a los centros educativos será difícil de compaginar con la fijación estricta de los programas curriculares. La obsesión por la evaluación externa se entiende si lleva pareja una modificación de sistemas organizativos y una asignación extraordinaria de recursos en caso de resultados negativos. Si no es así, los centros mal “podrán adaptarse a las necesidades de sus alumnos” y poco mejorará la calidad del sistema.

El Señor Wert hace bien en preocuparse por el abandono escolar después de la Educación Obligatoria. Debe conocer que la “incapacidad del sistema para retenerlos” no es la única causa del fracaso escolar; los estímulos sociales suelen ser más determinantes. Los intereses de los jóvenes no están claros en esta época de la vida por lo que la asignación de itinerarios en 4º de ESO, que el Ministerio llama flexibilidad, no garantiza el éxito. Mientras se consigue la mejora de la eficiencia presupuestaria queda tiempo para el diálogo. Suerte y compromiso para quienes le acompañen en ese tránsito hacia el consenso para conseguir una reforma duradera.

  • Publicado el 2 de octubre de 2012, recién publicado el antreproyecto de la Ley para la mejora educativa en España (Lomce). Fecha clave para debatir entre todos los implicados sobre el futuro educativo en España. Pasados dos años seguimos atrapados en un revoltijo de palabras y desentendidos.

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