Siempre quedarán los maestros

La cultura los convirtió en actores sociales desde Platón, que fue maestro de Aristóteles y antes discípulo de Sócrates. Algunos maestros llegaron a ser figuras locales o universales cuando representaban en el pasado la autoridad conquistada. Mientras el mundo no ha parado de dar vueltas a su alrededor y de sufrir trasformaciones, ellos siguen teniendo protagonismo en la vida cotidiana. Reciben algunos agradecimientos pero también desprecios, que surgen sobre todo en conversaciones cotidianas donde se valoran sus supuestas ventajas laborales. Sin duda estas envidias pasajeras están motivadas por recuerdos de juventud de lecciones mal aprendidas, por situaciones personales no gratas en el tránsito educativo de quienes las formulan, o quizás por la mala praxis de algunos docentes. Aunque atrás quedaron los años del “pasas más hambre que un maestro de escuela”, sus sueldos no son desmesurados si valoramos el esfuerzo que les ha costado lograr su trabajo, de acceso universal, y las tareas de preparación diarias que aumentan notablemente las horas lectivas visibles.

Los buenos maestros piensan, como el sabio griego Plutarco, que las mentes de sus alumnos no son vasijas que haya que llenar, sino leños de maderas diversas que hay que hacer arder para que en cada una se avive, según sus cualidades, el placer por la investigación y, si se puede, el amor por la verdad. Hay que leer despacio “Historia de una maestra” de Josefina Aldecoa para comprender el sueño individual y colectivo de quienes entregaron su vida para conseguir despertar a los corazones adormecidos en los tiempos de la República española; aquellos maestros y maestras que el olvido interesado quitó para siempre de la historia. Conviene revisar también “Mal de escuela” de Daniel Pennac para entender a los de ahora. En esta novela casi autobiográfica el maestro francés se esfuerza en proporcionar un soplo de aire fresco a los alumnos del siglo XXI que carecen de interés por aprender. Es un libro que aporta esperanza.

Como profesionales, ejercen con orgullo su papel de servidores públicos. En los últimos meses, los maestros han sido protagonistas de muchas noticias. En general los titulares periodísticos han resaltado su preocupación por el deterioro de la enseñanza pública y han alabado su implicación a la hora de defenderla. También han recogido opiniones acusatorias, incluso de responsables educativos como algunas presidentas de comunidades autónomas: Madrid o Castilla-La Mancha. Quien quiera comprobar las múltiples percepciones que los maestros generan en la sociedad solamente tiene que visitar los blogs que hablan de ellos, o las opiniones que los periódicos recogen de los lectores. Encontrará tanto apoyos como menosprecios a su labor, podrá ver detalles de la figura social que el tiempo no borra junto con matices nuevos que la crisis acentúa.

El que escribe es, como Muñoz Molina o Albert Camus, deudor de un maestro: el que puso su empeño en convencer a una familia pobre del Aragón rural de que su hijo estudiase. Como el autor francés hizo cuando recibió el Premio Nobel en 1957, quiere recordar las ayudas afectuosas y el esfuerzo generoso que muchos maestros y maestras han puesto al servicio de todos los españoles. En pueblos pequeños y en ciudades grandes, en la España perdida de la Dictadura y en tiempos de la democracia incipiente, ayudaron a descubrir a niños y jóvenes que la educación era un medio importante para crecer como personas y resolver sus futuros económicos. Quien redacta estas líneas disfruta ejerciendo de maestro y quiere hacer un reconocimiento público a aquellos que no podrán serlo el curso próximo por no renovarse sus contratos. Además, pide que se respete la figura de los que permanecen, que se reconozcan sus esfuerzos para cumplir las complejas tareas educativas que deben desarrollar para atender los heterogéneos intereses de sus alumnos (de nuestros niños y jóvenes hijos). Solicita apoyo y colaboración para resolver las restricciones de recursos que van a sufrir y ante las que se rebelan, como ya ocurría cuando el maestro Joaquín Costa presentaba en 1869 en la Normal de Huesca su trabajo de reválida haciendo hincapié en las necesidades de la escuela.

  • Publicado en Heraldo de Aragón en la edición del lunes 3 de septiembre de 2012, el día en que los maestros volvían a sus clases tras las vacaciones de verano para renovar sus ilusiones por enseñar.

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