Tristeza educativa

La verdad es efímera si quien habla no justifica sus palabras. Por eso no es extraño que los centros educativos vivan en un anhelo permanente: quieren encontrar la certidumbre tanto de lo que sucede a su alrededor como de lo que fluye en su interior, en sus clases y recreos. Para ello se afanan en saber lo que piensa la administración al proponer nuevas leyes educativas sobre los escombros de las anteriores. La escuela quiere conocer para interpretar bien, tiene necesidad de discernir lo que sustenta esos cambios, y así estar preparada para lo que pueda acontecer a la hora de ponerlos en práctica.

Para lograrlo intenta razonar sobre lo que hace mal en este momento y qué debería cambiar. Busca alguna certeza para que la posibilidad de un vuelco completo no descoloque el próximo día a día. Piensa que si interpreta el complejo presente, o algunas situaciones del pasado, puede trabajar para el futuro. Lo quieran o no nuestros rectores educativos, se darán situaciones similares por mucho que cambien las leyes. En nuestra educación, en nuestros colegios e institutos, subyace todavía aquella idea de Aristóteles de que todo lo que ocurre tiene detrás una causa, como si la enseñanza tuviera un orden escrito y nada sucediese en vano. Pero se ha demostrado que las cosas no son tan sencillas; pasan o no, y muchas veces no entendemos los porqués. Por eso nos desorientamos a la hora de enseñar y confundimos a nuestros alumnos cuando tratan de aprender.

A menudo, la educación se mueve por una extraña fuerza que la empuja. No se conoce, acaso no importa, cuándo empezó a fluir hacia una dirección formativa determinada. En realidad, la escuela casi deja de serlo para convertirse en inercia y en ese proceso va almacenando una dejadez crítica que la hace verdaderamente triste. En conjunto, la educación española todavía no ha encontrado el motivo de su dirección transformadora, e incluso duda de la importancia de las personas. Si no se para a concertar esfuerzos, a definir su alcance como ya han hecho en privado algunas comunidades educativas, no se sabe a dónde puede llegar. Porque con la aprobación de la Lomce en el Congreso y el Senado, como sucedió antes con la Logse, algunos se considerarán triunfadores, confiados en que el número de votos asegura la razón en las democracias parlamentarias, y otros ofendidos, esperando agazapados para derogarla. En realidad, todos han sido derrotados por la falta de verdades permanentes. Han convertido en pesadilla una ley que podría haber sido una aventura. Escuchando las intervenciones en el Congreso y el Senado sobre la Lomce se encuentra sentido a aquella frase del poeta libanés Khalil Gibran: “Del hablador he aprendido a callar; del intolerante, a ser indulgente, y del malévolo a tratar a los demás con amabilidad. Y por curioso que parezca, no siento ninguna gratitud hacia esos maestros”.

Muchos nos preguntamos cómo se puede hacer una ley de educación a espaldas de la comunidad educativa, sin atender a la demanda social de un pacto. No han contado para nada con quienes deben ponerla en práctica ni con aquellos que van a ser sus principales benefactores. ¿Cómo se piensa implicar a unos y otros en el buen final de la reforma? Porque la ley acumula demasiadas tristezas que esperamos que el desarrollo normativo subsane: la indefinición económica, las permanentes reválidas para los alumnos frente a la nula concreción de los controles para validar la eficacia de la ley, la cuestionable atención a la diversidad, la condicionada libertad de los centros educativos todavía por definir, el retorno de las asignaturas confesionales, etc.

Tras el ruido de protestas y defensas de estos meses se esconden pocas ideas educativas renovadoras. Si hay un error censurable en la España democrática es que siempre se deja el futuro para demasiado tarde, porque el presente nos obnubila. Hoy la educación española camina sobre una alfombra de tristeza, encerrada en sí misma, un poco deprimida, sin que nada la mueva a actuar. Necesita reinventarse porque ha perdido buena parte del gobierno de las emociones, sugeriría Victoria Camps. Para emprender esa tarea debe despertar, oír algunas risas inocentes de las que todavía suenan en nuestras aulas y escuchar a los profesionales proactivos. Sin duda, le sobran los fustigadores.

  • Publicado el 3 de diciembre de 2013. La ley educativa que pretendía transformar la escuela en España seguía su curso sin buscar el mínimo acuerdo que la hiciese trascendente y duradera.

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