Atardeceres en el olvido

Conchita y Antonio, o Rosa y Juan, podrían ser los nombres de cualquiera de nuestros abuelos. Nacerían en una localidad de España durante la dictadura de Primo de Rivera o en los tiempos convulsos de la República. Sus infancias discurrirían en medio de pocos lujos y con las privaciones propias de los tiempos bélicos. Su adolescencia llegaría de sopetón, a veces impulsada por pérdidas familiares o por racionamientos. Posiblemente el trabajo diario los atrapó demasiado pronto y borró de su existencia muchos placeres, pero gestionaron como nadie la subsistencia y supieron hacer de la necesidad virtud.

Algunos no pudieron sostenerse ante el incierto porvenir y emigraron a la capital o a territorios lejanos. Otros muchos se quedaron en sus pueblos, pegados a la tierra que los vio nacer. Intentaron sacarle el máximo rendimiento, cuidaron con esmero sus animales, aprovecharon hasta la última gota los frutos que sus campos les daban. Los más afortunados pudieron regar sus tierras y no tuvieron que estar pendientes del cielo rogándole con insistencia que devolviese el agua que se llevó del suelo y las plantas. Utilizaron la fuerza de sus caballerías hasta que las sustituyeron por tractores y asistieron atónitos y complacidos a la llegada de las cosechadoras. Las mujeres supieron administrar como nadie los exiguos recursos aunque tuvieran que trabajar 14 horas diarias para estirar el aceite escaso, recomponer aquellos viejos pantalones o tejer los jerséis jaspeados con lanas de los años anteriores. Mientras, los hombres llevaban a casa el poco dinero que su esfuerzo físico les reportaba tras trabajar de sol a sol.

Muchos ni siquiera completaron la escolaridad básica; quizás por eso intentaron que sus descendientes estudiasen, aunque para ello debieran hipotecar su patrimonio económico y afectivo. El éxito en los estudios de sus hijos tenía como contrapunto la pérdida futura de las vidas compartidas en el pueblo. Por este motivo, siempre señalaban en su calendario de pared los fines de semana o las vacaciones, en los cuales las risas y afectos que sus hijos y nietos traían volvían a llenar las casas semivacías. En consecuencia, las fiestas patronales conservaron en los pueblos ese espíritu de reencuentro entre los que marcharon y quienes resistieron.

Asistieron perplejos a los cambios culturales y de entretenimiento. La radio los sedujo con los noticiarios y alguna serie, también con los concursos. Pero quien los impactó de verdad fue la televisión. Tanto que se hicieron sus súbditos permanentes, sobre todo ahora que las fuerzas y las capacidades les fallan y deben estar en casa más tiempo del que desearían. Soportaron con algún quebranto el cambio de moneda; habían conocido la “perra gorda” de 10 céntimos de peseta y ahora manejan los indefinidos céntimos de euro.

En este momento son muchos los mayores de 80 años que viven en España. Unos residen en las capitales, otros resisten en sus pueblos. Ya disfrutan del descanso continuado tras haber pasado años de juventud en los que no guardaban fiesta ni siquiera todos los domingos. Incluso desde hace unos años pueden programar los merecidos viajes y vacaciones que nunca tuvieron. Si vuelven de visita a sus abandonados lugares de origen les cuesta soportar la nostalgia. A veces las imágenes de la infancia se desvanecen, tanto que algunos han sufrido una dolorosa punzada sentimental por la desaparición de los suyos, de sus pueblos.

Devolvieron la fertilidad al maltrecho territorio español, recompusieron la sociedad y conservaron nuestra cultura íntima. Fueron las brasas que renacieron de la esperanza y todavía son nuestro vínculo con el pasado. Se han hecho mayores pero sus ojos se han entristecido más por los olvidos que por la edad. No entienden, ahora que la dependencia limita sus vidas y tanto valoran el afecto, que les hagamos soportar los efectos de una crisis que no han generado. Mal pago a sus sacrificios pasados. Ya que les hemos negado el reconocimiento que merecen, al menos ayudemos con recursos a quienes lo precisen, para que los atardeceres de su vida transcurran con menos privaciones de las que tuvieron que soportar en sus primeras épocas. Al resto, que todavía no pasan penurias, habrá que decirles: muchas veces gracias.

  • Apareció en la edición de Heraldo de Aragón el 29 de octubre de 2012 para denunciar que recortes en la ayudas a la dependencia y el olvido de los mayores se extendían por la Celtiberia desagradecida.

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