La ciencia escolar como epopeya

Las carreras extremas por territorios inhóspitos, tan de moda en nuestros tiempos, no son una novedad. Hace cien años los europeos asistían atónitos a la competición que habían comenzado varias expediciones para alcanzar el Polo Sur. Por aquel entonces, el primer explorador que llegara a un territorio salvaje obtenía derechos territoriales; la gloria y el poder lo acompañarían siempre. El equipo del noruego Roald Amundsen lo consiguió el 14 de diciembre de 1911, 35 días antes que la expedición del británico Scott. La elección de los perros como tracción, en lugar de ponis y tractores como hizo Scott, fue determinante para el éxito. Los perdedores, además de competir, tenían un interés científico en su viaje. Iban tomando datos meteorológicos, lo cual comprometía todavía más su posibilidad de ganar la carrera, de completar el viaje con vida. Se detenían a recoger muestras geológicas que sirvieron para plantear la posibilidad de que el continente pudo haber tenido un clima templado en un pasado lejano, circunstancia que sin duda ayudaría a sostener la teoría de la Tectónica de placas formulada por Wegener unos años más tarde.

En ambas expediciones, la crónica de este hecho castigó demasiado a Amundsen auqnue recientemente lo rehabilitó, se vivió una lucha desigual entre los hombres y la naturaleza, presente también en muchos descubrimientos con fines de conquista que han impulsado a menudo los viajes con contenido científico. Así, los veinte años que Félix de Azara pasó en América a finales del siglo XVIII aportaron claves para entender la diversidad de las especies. También las exploraciones de Banks y Cook para observar el tránsito del planeta Venus fueron determinantes. Las posteriores expediciones a la Antártida han tenido como uno de sus objetivos la ocupación territorial por las riquezas minerales que estas tierras esconden, aunque los 50 países presentes allí utilicen la excusa de la ciencia para seguir en el continente helado. Por ahora la Antártida está a salvo pues el Tratado Antártico, en vigor desde 1961, está siendo respetado. Las actuales expediciones al continente antártico (la española parte en enero) tienen sin duda un elevado interés científico y algo de protagonismo; también las mueve el coraje personal y el espíritu de aventura. Seguro que no habrá descubrimientos que provoquen reconocimiento mundial inmediato. Acostumbrados como estamos a encumbrar solamente a los que vencen en una competición deportiva o se mueven bien en las pasarelas, despreciamos las contribuciones de muchos científicos, sin los cuales no habría ni paseo por el éxito de vivir. Ya lo decía aquella canción de Mecano “Héroes de la Antártida”, que en los años 80 homenajeaba a quienes con Scott murieron en el intento y no fueron los primeros.

Ahora los investigadores buscan también fuera de la Tierra, como lo hará el laboratorio científico “Curiosity” que viaja hasta Marte, o en lo pequeño: en la biomédica y en la nanociencia. Pero hoy la ciencia, como antaño, se valora poco. Por eso, algunos gobernantes y empresas no la apoyan o ralentizan proyectos valiosos por la crisis económica, como la investigación sobre el SIDA; se abandonan proyectos porque desciende el gasto en I+D. Unos y otras olvidan que invertir en investigación es una forma de mejorar la vida de todos, por más que sepan que tenemos entre nosotros impulsos científicos dignos de alcanzar trascendencia mundial. Por eso produce tristeza que muchos investigadores bien formados en nuestra universidad deban buscar su futuro en otros países y vivan su odisea particular para crecer como científicos ante la falta de expectativas en España.

A pesar de la mejora en la percepción positiva de la ciencia de los españoles (sobre todo en relación con salud, energía y medicina) que demuestran las encuestas llevadas a cabo por la Fecyt, cada vez cuesta más en los institutos que los alumnos se interesen por la ciencia, por la indagación. A la vez, las universidades españolas han perdido en los últimos años un 30% de sus alumnos de ciencias. La aventura descubridora que deberían aprender nuestros jóvenes no es la de los vencedores ni la de los exploradores de la Antártida. Es la de los curiosos y constantes, los que disfrutan con el placer de investigar. Merecen que toda la sociedad les ayude a encontrar el camino.

  • El día de su publicación (13 de septiembre de 2011) se cumplían 100 años de la llegada al Polo Sur. En España, acababa 2011 con muy malos presagios para la investigación científica. Tres años más tarde las cosas han ido mucho peor.

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