Quién encontrará los bosques soñados

Han pasado más de cien años desde que Joaquín Costa se indignaba de que solamente se advirtiera la destrucción de los bosques en el momento puntual de las tragedias, de que nadie reparara en que la tierra fértil que los sustentaba se perdía tras la deforestación y las familias que vivían de ellos se convertían en mendigos. Costa abogaba por la dendrolatría (amor por los árboles) en su carta a los niños de Ricla (Zaragoza) en la fiesta del árbol de 1904. A pesar del tiempo transcurrido todavía es necesario volver a levantar la voz para reclamar el valor de los bosques. La pomposa declaración del año 2011 como “Año internacional de los bosques” por la ONU se apoyaba en el reconocimiento de que estos ecosistemas y su ordenación sostenible contribuyen significativamente al desarrollo, a la erradicación de la pobreza y al logro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. El lema elegido por la ONU “Los bosques, para las personas” querría resaltar una doble intención: deben ser objetivos de preservación para la sociedad global y han de servir de hogar a más de 300 millones de personas en todo el mundo, muchas de ellas indígenas, que ven peligrar su existencia cuando los bosques desaparezcan.

Se supone, aunque muchas veces lo olvidamos, que nadie duda que esos enclaves juegan un papel esencial en la aminoración del cambio climático y en la sustentación de casi el 80% de la biodiversidad del planeta. Es un aspecto que Costa también resaltaba en el Capítulo I de “El arbolado y la patria”. A pesar de que los sueños por mejorarlos han formado parte de la cultura colectiva durante un siglo -se han celebrado Días del Árbol por todo el mundo y los bosques han sido objeto de veneración en muchas culturas-, la superficie boscosa mundial no ha hecho sino decrecer; según la FAO cada año desaparecen trece millones de hectáreas en todo el mundo, una superficie equivalente a la cuarta parte de la península Ibérica. Por eso, este asunto no resuelto de la protección está de continua actualidad. En junio de 2010 se presentaba el Libro Verde de los bosques en Europa. Junto con datos tan positivos como el hecho de que la superficie boscosa ha crecido de forma constante en la UE en los últimos 60 años, se recogían otros que hablaban del problema de la desaparición de los aprovechamientos mercantiles y del abandono de grandes zonas del territorio rural de dominancia forestal. Por eso, la UE quería sentar las bases de la estrategia forestal europea, de tal forma que se lograse congeniar los procesos agroecológicos de los bosques -que aseguran su pervivencia y mitigan el cambio climático- con la generación de rentas agrarias, ganaderas y forestales, para que se evite la languidez actual del sector. Porque no hay que olvidar que casi 350 mil personas trabajan en Europa en la gestión forestal, además de que su industria primaria da empleo a cerca de 2 millones. En España, aunque la superficie forestal sea de las mayores de la UE, la que realmente se puede considerar bosque apenas llega al 15%.

En realidad, los bosques primarios quedan limitados hoy al 20% de su extensión en zonas ecuatoriales de la Amazonía, la cuenca del Congo y el sureste asiático y en algunas zonas boreales de Canadá, Finlandia o Rusia. Si se perdiesen, por la deforestación o los nuevos usos de la tierra, la catástrofe climática estaría asegurada. Greenpeace, junto con otras organizaciones ecologistas, viene desplegando iniciativas de cara a la buena gestión de los bosques mediante extracciones reguladas con sellos de calidad internacionales. Así se evitaría el furtivismo en la extracción de madera para fabricar muebles o elaborar papel para los países ricos, que mantienen a salvo sus bosques o los incrementan. Estas prácticas comerciales abundan; apenas aportan beneficios a los habitantes de los países donde se extrae y los dejan a la intemperie, sin una de sus mayores riquezas potenciales. Los bosques soñados por poetisas como Gloria Fuertes se extinguen ante la indiferencia, incluso han dejado de ejercer el atractivo que siempre supone el color verde que los identifica o los gnomos que los habitan.

  • Publicado en Heraldo de Aragón (17-1-2011) nada más comenzar el Año Internacional de los Bosques, que se consumió en Celtiberia de forma anodina, si exceptuamos las celebraciones en los colegios y alguna que otra reunión internacional y espectaculares reportajes en los medios de comunicación.

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