Raíles oxidados

Los trenes han desempeñado un papel protagonista en la historia social y económica. Aquel tren de vapor “Locomotion” de Stephenson que comenzó a rodar en 1825 supuso un cambio drástico en la movilidad de las personas y en el comercio mundial. El primer camino de hierro español servía ya en 1837 para transportar la caña de azúcar en la isla de Cuba. Llegó a la península para unir Barcelona y Mataró en 1848, después Madrid y Aranjuez, etc. Desde entonces la estructura ferroviaria radial de España no dejó de crecer y se convirtió en uno de los signos de la contemporaneidad, como afirmaba Julio Llamazares en el prólogo de “Vidas sobre raíles”. Los trenes tienen algo especial, que se torna en melancolía. Será su espasmódico traqueteo con las traviesas, quién sabe si su primitiva estampa brumosa por el vapor y el humo. Es posible que el tren nos seduzca debido a que, como decía el prólogo de “Cuentos de trenes”, era quien mejor representaba lo colectivo porque conjuntaba a una abigarrada muchedumbre que compartía olores, voces y colores diversos. Mal presagio hablar en pasado.

El cine nos ha transportado en tren a la Guerra de secesión americana con “El maquinista de la general” de Buster Keaton. Alfred Hitchock nos lo llenó de rocambolescas historias, Glenn Ford nos hizo esperarlo en “El tren de las 3:10”, lo vimos asociado al holocausto judío de la II Guerra Mundial, Kurosawa nos llevó a la intemperie metafísica con su idea del “Tren del infierno”. Trenes de película como el Transiberiano, o aquel que transitaba perezoso en el mágico escenario gallego de “El bosque animado”. En los documentales hemos escalado los Andes peruanos con el “Tren de las nubes”, hemos viajado en el Indian Pacific atiborrado de gente. En el paisaje nevado del páramo soriano de “Doctor Zhivago”, los penachos de vapor suspendidos en el cielo tras su paso adquirían una solemnidad aplastante, como de escalofrío.

Tanta belleza no podía ser eterna. Los raíles españoles se empezaron a oxidar en 1985, unos 2.000 km. dejaron de tener trenes. El de la Vía de la Plata ya no conectaba Gijón con Sevilla. Los expresos de medianoche sucumbieron con la llegada del AVE, antes lo habían hecho muchos transregionales. Desaparecieron décadas de historias vividas en aquel Shanghái que unía Barcelona y La Coruña. Hoy se quiere dar la puntilla a los pocos trenes que quedan con supresión de servicios y con horarios suicidas que justificarán su cierre definitivo. Así las tardanzas cotidianas que siempre definieron al tren (lo contaba Javier Tomeo en “La boina olvidada”) se convertirán en retrasos inacabados porque un millón de viajeros sufrirán la “reordenación de rutas” que prepara la ministra Ana Pastor. Se llevará por delante 800 trenes semanales (23% del total) y más de 170 estaciones dejarán de serlo. Muchos morirán, como el nunca apoyado transaragonés que en su loable intento de comunicar el sur y el norte pedalea entre la ineficacia política de todos los responsables autonómicos y la dejadez del ministro del ramo, que han resistido sin inmutarse todas las demandas de los usuarios del ferrocarril y las asociaciones creadas para su defensa. Al tiempo que en Castilla y León los trenes se alojarán en el museo del olvido, el Transcantábrico se marchará de la cornisa verde, como ya lo hicieron los que en vía estrecha o convencional daban vida al norte rural. Los trenes andaluces tienen los días contados. Nos queda luchar, como hacían Luppi y Alterio en “El último tren” en Uruguay, para que los caminos de esperanza no se conviertan en rutas de derrota, presas de las hierbas y de los raíles oxidados. Las estaciones desvencijadas, vigías de tiempos esplendorosos, parecen suplicarnos clemencia al pasar junto a ellas. El saludo espontáneo al ver pasar el tren, como un arrumaco infantil, arroja un poco de cariño sobre la incertidumbre. Ahora se tiñe de melancolía porque la culebra de hierro se aleja sobre cuerdas paralelas y ya no para, por eso lloran las estaciones, diría Vicente Huidobro. Hemos de luchar para que en la película del futuro no desaparezcan los maquinistas, para que el tren no se quede en el infierno ni en las nubes, para que llegue siempre (no solo a las 3:10) y transite eternamente por un bosque social animado.

  • Publicado el 23 de julio de 2013. El Gobierno de España demolía la esperanza de que el tren convencional sirviese para evitar la muerte de la Celtiberia interior.

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