Tiempo de siega

La palabra siega se presta a interpretaciones varias. En su acepción finalista significa interrumpir violentamente un proceso y se escenifica con el corte que se practica a la hierba. La solemos asociar al verano, cuando los campos adquieren un tono amarillo que representa la mejor imagen del esfuerzo de la tierra: las plantas exhiben el éxito renovador de la materia para el siguiente ciclo vital. Quienes mejor ejecutan esta tarea en nuestras latitudes son los cereales que ofrecen con ostentación sus tesoros. Tanto ellos como los campesinos que los cultivaron pusieron lo mejor de sí mismos en culminar la tarea. Por eso la siega significa también la recolección, el acopio de semillas para que la vida renazca de nuevo. El color amarillo del cereal seco, siempre cálido y suave, se relaciona con el sol vivificante y la riqueza que genera la tierra. Los calendarios agrícolas románicos de Roda de Isábena, Ripoll, San Isidoro de León, etc., muestran el papel motriz de la recolección en la regulación de las sociedades medievales, que continuó en España hasta más de la mitad del siglo XX.

Los pintores apreciaron como nadie la siega. Pieter Brueghel usaba sus amarillos con difuminado progresivo mientras que Van Gogh trazaba sus espirales en las gavillas pintadas para expresar un radiante escenario. La obra del pintor neerlandés muestra un color diferente a la escena de “La era” de Goya en donde el efecto lumínico del fondo tiende al ocre, anticipando quizás el cercano otoño tras la trilla. Picasso nos sorprendió con una interpretación de los segadores simplificada y con trazos cubistas, pero no exenta de colorido. Marín Bagüés captó la quietud dinámica del acarreo de la mies, pero nadie como Millet supo ver el duro trabajo de las espigadoras, por eso las muestra en primer plano como heroínas no reconocidas en las tareas rurales.

La siega reúne tales alicientes anímicos que siempre ha despertado un merecido fervor popular. Lope de Vega hablaba del cambio que el sol de la siega ejerce en las personas por dentro y por fuera, a la vez que Tirso de Molina contaba el gozo de las manos segadoras que recogían el fruto de su trabajo y alababa el efecto revitalizante de las espigas, de la harina de unos granos que identificaba con perlas. Similares espigas a las que recogían en el campo, en “La casa de Bernarda Alba” de García Lorca, los mozos labradores. Las muchachas del pueblo, plenas de amor y reconocimiento por su sublime tarea, les entregaban sus corazones. Trigo, espiga y grano que son en esta obra símbolo de vida y procreación. Otros segadores más humildes fueron quienes escribieron con sudor una parte de la épica rural de la posguerra española. Jarcha les cantó con el corazón, el Nuevo Mester de Juglaría ensalzó en una jota castellana a quienes sabían lo que costaba trabajar la tierra y beber agua de aljibe en la reseca España.

Aquellas hoces en manos campesinas de las pinturas románicas que saltaron los tiempos y llegaron a convertirse en símbolos del trabajo, sirvieron para himnos nacionalistas y fueron alojadas en banderas reivindicativas por todo el mundo, todavía resisten inmutables el paso del tiempo. Las cosechadoras les quitaron el protagonismo, cuando perdía el suyo la gente del campo, anulada por el cambio hacia las sociedades industriales y comerciales de hoy. Quienes hacen ahora la siega ya no sufren el efecto quemador del sol que cantaba la jota aragonesa; sus máquinas hasta tienen música y aire acondicionado, pero siguen cumpliendo una importante función. El verano les devuelve un poco de protagonismo aunque sea en la trastienda social, como si la harina, omnipresente en la cultura culinaria y base de nuestra cadena alimentaria, saliese por embrujo de unos paquetes blancos del supermercado.

El campo envejece, las tierras se abandonan, hasta los pocos segadores que quedan se van olvidando de sus cantos. Por suerte, rescataron de la desaparición una parte de su vida y la recogieron en los museos etnográficos. Pronto la sociedad solo conocerá su tarea por las obras de arte o los aperos de esos museos. Por eso, en este verano de siega retrasada quisiéramos homenajear a esa generosa estirpe rural, como si fuera su último aliento vital.

  • Publicado en Heraldo de Aragón el 25 de junio de 2013. Los pocos agricultores que quedan en la Nueva Celtiberia no podían recoger todavía una buena cosecha por las lluvias. Como siempre, seguían mirando al cielo castigador. Temían la descarga de fuertes tormentas. Los dioses malignos los persiguen y por eso huyen del campo a las ciudades. A este paso, la Celtiberia rural será un yermo.

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